viernes, 28 de noviembre de 2008

GUIA - RAZON - FIN

H.A.J.S.

Saliendo de la casa se percato que no llevaba su reloj, pero no le dio importancia, siguiendo el trayecto a su trabajo. El camino le recordaba aquel sueño repetitivo desde hacia una década en el que había visto el accidente y muerte de una pequeña. Sacudió su cabeza como pretendiendo retirar de su cabeza aquel pensamiento que le turbaba, sin razón. Vuelto en si, saco las llaves y encendió el vehículo. Ya arriba se da cuenta que los vidrios, en el estado en que estaban, empañados con la niebla reinante, le impedirían ver adecuadamente el camino, pero no tenia nada a mano, salvo su pañuelo fino, que hasta sus iniciales tenía. Limpió el parabrisas e inicio el trayecto a casa, lanzando el pañuelo que muy maltrecho de agua y lodo había quedado tras haber cumplido su cometido. Pero aquel pensamiento seguía allí, no se iba. Detuvo el vehiculo a una orilla del camino, se bajo, y apoyando su espalda al costado de aquel, comenzó a deleitar su visión mirando las estrellas, lo único que le podía dar tranquilidad en esos instantes y su imaginación voló… escuchaba arpas y voces angelicales al compás, en sensación de profundidad y el sabor fresco de la madrugada. Suena de pronto su teléfono y la noticia dada lo destruyo: su madre moría y debía estar a su lado, como fuese. Arranco el vehiculo y salió disparando como un demonio. El camino se hacia difícil, cuando el control perdió y la oscuridad vino a sus ojos. Unos pocos destellos como relámpagos veía, a lo lejos, en medio de la abovedada penumbra. Pensó de pronto en su madre, y una pena le invadió y sus ojos se hicieron un mar. Sentía en leve olor familiar pero no lograba fijar la vista convertida ya en un calidoscopio, ciego e inundado de soledad. Sintió una pequeña mano que le tranquilizaba y le recorría el rostro secando su tristeza… era la de una pequeña, quien le enjuagaba el tormento y le hablaba apaciblemente, logrando calmarlo. “Te dejare hasta donde debo, yo me quedo, para ayudar al errante”. Tomo su mano y le encamino hacia el fondo de aquel lugar, ya sin tiempo ni preocupación. Y allí le hablo la voz del origen, que lo elevo y hablo a su saber, y ya nada quedo sin respuesta. En sus ojos, la paz y el calor de su madre lo cobijo para siempre.
Afuera, la luz ovalada circunvalaba y los hombres de autoridad con gorra negra y los de blanco con cruces rojas dominaban el sitio, tratando de sacar el cuerpo que el alma había abandonado, desde el desecho carro. En su faz, la tranquilidad y en su mano, el pañuelo bordado por su madre.

BOTELLA

H.A.J.S.

Se miraba las manos que negras la tenia de tanto apoyarlas al suelo, en que estaba arrojada su existencia de la que ya había perdido toda gana, balanceando de vez en cuando la botella de licor que llena estaba con casi toda la vida absorbida de aquel infeliz, mientras le veía el fondo, rogando porque apareciese alguna gota milagrosa de brebaje embriagador, para así evitar la claustrofóbica lucidez consigo mismo. De pronto queda fija su atención en un insecto que de improviso se le metió al transparente envase, obsesionándolo por un momento sus pequeñas patas que rápidamente recorrieron gran trecho de este. Seguramente le recordó la araña gigante que lo persigue de vez en cuando, mientras corre por el valle malezoso, en oscuridad casi absoluta que tan absorbente llega a ser que la siente como una presencia que lo abraza e impide avanzar, coludida con el hambriento insecto. El ruido de un vehiculo golpea lo absorto que estaba. Lo sigue con la vista hasta que termina la sinuosa curva en que el camino de tierra se pierde. Remembranzas vienen nuevamente… esta vez, sobre su pequeño hijo, que en su infancia dejo de ver y que ahora era adulto. Hurgueteó en su memoria varias veces pero fue imposible… había perdido el recuerdo de su diminuto rostro. Con suerte reparaba en el nombre, solo porque era el mismo al suyo. A su mujer si que la guardaba en su memoria, claro que lo mas vivido eran las discusiones y golpizas que le propinaba, mientras le gritaba que no se entrometiera en sus cosas. Hasta a la casa abarrotada fue a parar la ultima vez que lo hizo, lugar donde, de vez en vez, retorna por culpa de su vicio. Llora en vano, en silencio y hacia dentro, para no despertar la curiosidad del resto de los espectros que por ahí deambulan y ven pasar la vida como el, queriendo que termine pronto, aburridos de existir, guiñándole el ojo a la muerte, en el abismo ahogado de su botella.

martes, 4 de noviembre de 2008

La Leyenda del Perro Buceador

H.A.J.S.

En tiempos indeterminados se contaba la historia de un perro, líder de una gran jauría que dominaba los pielagos de todo el litoral, las hondonadas abundantes de alimento y las cavernas de la baja montaña, de donde acostumbraba observar durante el crepúsculo, sentado sobre la gran roca, toda la extensión de sus dominios, flanqueado en la base del peñasco por un grupo incalculable de canes, que seguían su voluntad sin cuestionamiento alguno, fieles e incondicionales hasta la muerte.
Cuenta la leyenda que el gran territorio del perro líder fue azotado por una cruenta hambruna que extermino a los pocos enemigos que el gran líder tenia y que habitaban los suburbios de su reino. Así fueron cayendo, uno a uno… el zorro, el puma y el cóndor. Finalmente, las garras de la muerte comenzaron a arañar los cuerpos famélicos del grupo canino, que hasta los alacranes y la escasa vegetación tuvieron que convertirse en su menú de emergencia.
Una tarde en que el hambre obnubilaba el sentido común y los espejismos se formaban hasta sobre la superficie del mar, el líder y su manada encontrábanse apostados en la rivera, entregados a la suerte y friéndose lentamente al sol.
La desesperación de un momento a otro empezó a cundir en el grupo. De pronto, uno de los perros soldado se arrojo de improviso al mar. A nado, surco rápidamente la primera parte de la costa. Su destino: el pelicano, que acostumbraba sentarse a la orilla de la regordeta boya granate. En aceleración constante, el can se impulso dando un pequeño salto en coordinación perfecta con sus fauces abiertas en dirección al cuello emplumado. Pero en reacción rápida como la del destello, el pelicano levanto vuelo sobre sí, un par de metros. Habiendo pasado el peligro, se posó en el mismo lugar, casi impertérrito y en actitud desafiante. La afrenta no paso desapercibida, y otro fue en busca de la esquiva presa, a fin de recuperar la honra mancillada. Pero este ni siquiera logro llegar al ave, devolviéndose casi medio muerto por el esfuerzo, debiendo ser rescatado. El frío empezó a curtir los rostros moribundos, mojados y enjutos de la manada, cuya moral desparecía junto con el sol, que a mitad del océano hallábase.
De pronto, desde lo alto de la gran roca, el perro líder lanzo un gran aullido que retumbo en la hondonada, creando un gran eco en las profundas cavernas hogar de la manada, y que recorrió todo el piélago, inundando de desconcierto y luego de esperanza y orgullo al resto de los de su raza. De un gran salto avanzó hasta la parte mas septentrional de la rivera, muy lejana al lugar donde estaban sus hermanos, invisible a los ojos del pelicano, cuya visión era entorpecida por grandes peñascos volcánicos. Así, el líder avanzo como un rayo sobre el ya ennegrecido mar, y antes de quedar a la vista de la escurridiza ave, se sumergió, perdiéndose en lo absoluto. El tiempo transcurría, el sol ya se hundía en el horizonte, y el líder no aparecía por ningún lado. Asustados, el resto comenzó una búsqueda intensa por la costa, sin resultados… cuando de pronto, el ruido de una gran ave se escucho a lo lejos, acallada inmediatamente, como si de pronto sin razón aparente, hubiese enmudecido. La consternación cundió en el grupo, más si el sol habíase ido a dormir y una brisa infernal arreciaba sin piedad en la incipiente noche. Una gran pena reinaba en los corazones de la manada, que ya sus pasos dirigía devuelta a la gran caverna y al trono vacío, cuando de súbito volvieron sus ojos al mar estrellado, que una gran erupción había lanzado al cielo… el gran líder había retornado, con su piel azabache brillante bajo la luz lunar, junto a la presa, cuyo cuello inerte bamboleaba golpeando el pecho orgulloso del can, quien lanzó el cuerpo del plumífero, en medio de la jauría reunida en circulo, adorando al ídolo viviente, convirtiéndose en la gran cena, que hasta hoy se recuerda, hecha en honor de la gran hazaña del perro buceador.