martes, 30 de septiembre de 2008

DIVINA COMEDIA "INFIERNO" Canto I <1-43> / Dante Alighieri / Ilustraciones Originales





CANTO I


<1-43>




A mitad del camino de la vida, 1
en una selva oscura me encontraba 2
porque mi ruta había extraviado. 3

-Dante habia cumplido entre los 35 años a 40 años, considerada como la "mitad de la vida" aquel entonces (1.300 aproximadamente).
-La selva oscura es la vida viciosa, el pecado; pero también la confusión de su pensamiento; e incluso la turbulencia política.
-Dante, como muchos florentinos de aquellos días, estuvo involucrado en el conflicto de los guelfos y gibelinos. Después de derrotar a los Gibelinos, los Güelfos se dividieron en dos facciones: Güelfos Blancos, el partido de Dante, y los Guelfos Negros.
-La situación política en Florencia no era fácil, porque el Papa Bonifacio VIII planificaba una ocupación militar de la misma, y esto dificultó su labor como funcionario político.
-Pero el gobierno de la ciudad ya había reaccionado negativamente a la llegada de los embajadores del Papa, buscando así la independencia de las influencias papales.
Para resolver el problema, Dante fue designado como embajador y jefe de una delegación para proponer un tratado de paz, pero al llegar a Roma fue retenido por Bonifacio VIII que pretendía tomar Florencia, para que, de acuerdo con los güelfos negros, la ciudad se anexara a los Estados Pontificios. El jefe de los güelfos negros desató una persecusión en contra de los güelfos blancos, después de que el pontífice tomó la ciudad por la fuerza en 1301.


¡Cuán dura cosa es decir cuál era 4
esta salvaje selva, áspera y fuerte 5
que me vuelve el temor al pensamiento! 6


Es tan amarga casi cual la muerte; 7
mas por tratar del bien que allí encontré, 8
de otras cosas diré que me ocurrieron.
9

Yo no sé repetir cómo entré en ella 10
pues tan dormido me hallaba en el punto 11
que abandoné la senda verdadera. 12

-Dante entró, sin saber como, en esta selva de confusión y muerte por abandono de la rectitud, en estado de somnolencia, quizá referenciando nuevamente el momento histórico que vivía.

Mas cuando hube llegado al pie de un monte, 13
allí donde aquel valle terminaba 14
que el corazón habíame aterrado, 15

-El monte representa la vida virtuosa que tanto esfuerzo requiere para ser alcanzada por el poeta.

hacia lo alto miré, y vi que su cima 16
ya vestían los rayos del planeta 17
que lleva recto por cualquier camino. 18


-Se refiere al sol, inspiración de la buena senda.

Entonces se calmó aquel miedo un poco, 19
que en el lago del alma había entrado 20
la noche que pasé con tanta angustia. 21

-Dante logra escapar de la muerte del alma, y espantado contempla lo que fue. La luz de la mañana después de las tinieblas le devuelven algo de paz.

Y como quien con aliento anhelante, 22
ya salido del piélago a la orilla, 23
se vuelve y mira al agua peligrosa, 24
tal mi ánimo, huyendo todavía, 25
se volvió por mirar de nuevo el sitio 26
que a los que viven traspasar no deja. 27
Repuesto un poco el cuerpo fatigado, 28
seguí el camino por la yerma loma, 29
siempre afirmando el pie de más abajo. 30

Y vi, casi al principio de la cuesta, 31
una onza ligera y muy veloz, 32
que de una piel con pintas se cubría; 33
y de delante no se me apartaba, 34
mas de tal modo me cortaba el paso, 35
que muchas veces quise dar la vuelta. 36

-La onza, o leopardo, es una alegoría de la lujuria, deseo y placer.

Entonces comenzaba un nuevo día 37

el sol se alzaba al par que las estrellas 38
que junto a él el gran amor divino 39

sus bellezas movió por vez primera; 40
así es que no auguraba nada malo 41

de aquella fiera de la piel manchada 42
la hora del día y la dulce estación;
43

-La Primavera reinante le recuerda la Creación del Mundo, como si el Génesis se recreara ante sus ojos esa mañana.

El Diablo y el Relojero / Daniel Defoe (autor de "Robinson Crusoe")

Vivía en la parroquia de San Bennet Funk, cerca del Mercado Real, una honesta y pobre viuda quien, después de morir su marido, tomó huéspedes en su casa. Es decir, dejó libres algunas de sus habitaciones para aliviar su renta. Entre otros, cedió su buhardilla a un artesano que hacía engranajes para relojes y que trabajaba para aquellos comerciantes que vendían dichos instrumentos, según es costumbre en esta actividad.Sucedió que un hombre y una mujer fueron a hablar con este fabricante de engranajes por algún asunto relacionado con su trabajo.
Y cuando estaban cerca de los últimos escalones, por la puerta completamente abierta del altillo donde trabajaba, vieron que el hombre (relojero o artesano de engranajes) se había colgado de una viga que sobresalía más baja que el techo o cielorraso. Atónita por lo que veía, la mujer se detuvo y gritó al hombre, que estaba detrás de ella en la escalera, que corriera arriba y bajara al pobre desdichado.En ese mismo momento, desde otra parte de la habitación, que no podía verse desde las escaleras, corrió velozmente otro hombre que llevaba un escabel en sus manos. Éste, con cara de estar en un grandísimo apuro, lo colocó debajo del desventurado que estaba colgado y, subiéndose rápidamente, sacó un cuchillo del bolsillo y sosteniendo el cuerpo del ahorcado con una mano, hizo señas con la cabeza a la mujer y al hombre que venía detrás, como queriendo detenerlos para que no entraran; al mismo tiempo mostraba el cuchillo en la otra, como si estuviera por cortar la soga para soltarlo.Ante esto la mujer se detuvo un momento, pero el hombre que estaba parado en el banquillo continuaba con la mano y el cuchillo tocando el nudo, pero no lo cortaba. Por esta razón la mujer gritó de nuevo a su acompañante y le dijo:-¡Sube y ayuda al hombre!Suponía que algo impedía su acción.Pero el que estaba subido al banquillo nuevamente les hizo señas de que se quedaran quietos y no entraran, como diciendo: «Lo haré inmediatamente».Entonces dio dos golpes con el cuchillo, como si cortara la cuerda, y después se detuvo nuevamente. El desconocido seguía colgado y muriéndose en consecuencia. Ante la repetición del hecho, la mujer de la escalera le gritó:-¿Que pasa? ¿Por qué no bajas al pobre hombre?Y el acompañante que la seguía, habiéndosele acabado la paciencia, la empujó y le dijo:-Déjame pasar. Te aseguro que yo lo haré -y con estas palabras llegó arriba y a la habitación donde estaban los extraños.
Pero cuando llegó allí ¡cielos! el pobre relojero estaba colgado, pero no el hombre con el cuchillo, ni el banquito, ni ninguna otra cosa o ser que pudiera ser vista a oída. Todo había sido un engaño, urdido por criaturas espectrales enviadas sin duda para dejar que el pobre desventurado se ahorcara y expirara.El visitante estaba tan aterrorizado y sorprendido que, a pesar de todo el coraje que antes había demostrado, cayó redondo en el suelo como muerto. Y la mujer, al fin, para bajar al hombre, tuvo que cortar la soga con unas tijeras, lo cual le dio gran trabajo.Como no me cabe duda de la verdad de esta historia que me fue contada por personas de cuya honestidad me fío, creo que no me dará trabajo convencerlos de quién debía de ser el hombre del banquito: fue el Diablo, que se situó allí con el objeto de terminar el asesinato del hombre a quien, según su costumbre, había tentado antes y convencido para que fuera su propio verdugo. Además, este crimen corresponde tan bien con la naturaleza del Demonio y sus ocupaciones, que yo no lo puedo cuestionar. Ni puedo creer que estemos equivocados al cargar al Diablo con tal acción.

Nota: No puedo tener certeza sobre el final de la historia; es decir, si bajaron al relojero lo suficientemente rápido como para recobrarse o si el Diablo ejecutó sus propósitos y mantuvo aparte al hombre y a la mujer hasta que fue demasiado tarde. Pero sea lo que fuera, es seguro que él se esforzó demoníacamente y permaneció hasta que fue obligado a marcharse.

Un rajá que se aburre / Alphonse Allais


¡El rajá se aburre!
¡Ah, sí, se aburre el rajá!
¡Se aburre como quizá nunca se aburrió en su vida!
(¡Y Buda sabe si el pobre rajá se aburrió!)
En el patio norte del palacio, la escolta aguarda. Y también aguardan los elefantes del rajá. Porque hoy el rajá debía cazar al jaguar.
Ante yo no sé qué suave gesto del rajá, el intendente comprende: ¡que entre la escolta!; ¡que entren los elefantes!
Muy perezosamente, entra la escolta, llena de contento.


Los elefantes murmuran roncamente, que es la manera, entre los elefantes, de expresar el descontento.
Porque, al contrario del elefante de África, que gusta solamente de la caza de mariposas, el elefante de Asia sólo se apasiona con la caza del jaguar.


Entonces, ¡que vengan las bailarinas!
¡Aquí están las bailarinas! Las bailarinas no impiden que el rajá se aburra.
¡Afuera, afuera las bailarinas! Y las bailarinas se van.
¡Un momento, un momento! Hay entre las bailarinas una nueva pequeña que el rajá no conoce.
-Quédate aquí, pequeña bailarina. ¡Y baila! ¡He aquí que baila, la pequeña bailarina!
¡Oh, su danza!
¡El encanto de su paso, de su actitud, de sus ademanes graves!
¡Oh, los arabescos que sus diminutos pies escriben sobre el ónix de las baldosas! ¡Oh, la gracia casi religiosa de sus manos menudas y lentas! ¡Oh, todo!



Y he aquí que al ritmo de la música ella comienza a desvestirse.
Una a una, cada pieza de su vestido, ágilmente desprendida, vuela a su alrededor.
¡El rajá se enciende!
Y cada vez que una pieza del vestido cae, el rajá, impaciente, ronco, dice:
-¡Más!
Ahora, hela aquí toda desnuda.
Su pequeño cuerpo, joven y fresco, es un encantamiento.
No se sabría decir si es de bronce infinitamente claro o de marfil un poco rosado. ¿Ambas cosas, quizá?
El rajá está parado, y ruge, como loco:
-¡Más!
La pobre pequeña bailarina vacila. ¿Ha olvidado sobre ella una insignificante brizna de tejido? Pero no, está bien desnuda.
El rajá arroja a sus servidores una malvada mirada oscura y ruge nuevamente:
-¡Más!
Ellos lo entendieron.


Los largos cuchillos salen de las vainas. Los servidores levantan,
no sin destreza, la piel de la linda pequeña bailarina.
La niña soporta con coraje superior a su edad esta ridícula operación, y pronto aparece ante el rajá como una pieza anatómica escarlata, jadeante y humeante.

Todo el mundo se retira por discreción.

¡Y el rajá no se aburre más!

Los Superjuguetes Duran Todo el Verano (1969) / Brian W. Aldiss / Cuento en el que se inspiró la pelicula "A.I." (Inteligencia Artificial).


En el jardín de la señora Swinton siempre era verano. Los deliciosos almendros se alzaban en él con un follaje perenne. Mónica Swinton cortó una rosa de color de azafrán y se la mostró a David.

- ¿No es preciosa? - comentó

David alzó los ojos hacia su madre y sonrió sin responder. Tomando la flor, corrió con ella por el césped y desapareció detrás de la perrera, donde permanecía almacenada la segadora robot, dispuesta para cortar, barrer o cuidar el césped en el momento que fuera necesario. La señora Swinton permaneció inmóvil en su impecable sendero de gravilla de plástico.

La mujer había intentado amar al pequeño.

Cuando se decidió a seguir a David, le encontró en el patio haciendo flotar la rosa en su pequeña alberca poco profunda. El pequeño, absorto con su flor, se había metido en el agua sin quitarse las sandalias.

-David, querido, ¿por qué has de ser siempre tan travieso? Entra en casa enseguida y cámbiate los zapatos y los calcetines.

El niño entró en la casa sin protestar, meneando su cabecita de cabello oscuro a la altura de las caderas de su madre. A sus tres añitos, no mostraba el menor temor a la secadora ultrasónica de la cocina. Sin embargo, antes de que su madre pudiera encontrr unas zapatillas de repuesto, David se escabulló de la cocina y desapareció en el silencio de la casa.

Probablemente, se dijo la madre, habría ido a buscar a Teddy.

Monica Swinton, una mujer de veintinueve años, silueta esbelta y ojos suavemente radiantes, pasó a la sala de estar y tomó asiento cruzando las piernas con elegancia.

Al principio, permaneció sentada y pensativa; muy pronto, sólo estaba sentada. El tiempo transcurrió en torno de ella con la maníaca lentitud que reserva a los niños, los locos y las esposas cuyos maridos están lejos de casa mejorando el mundo. Casi por reflejo, extendió la mano y cambió la longitud de onda de las ventanas. El jardín se desvaneció y, en su lugar, apareció junto a su mano izquierda el centro de la ciudad, lleno de una multitud abigarrada, vehículos de transporte y edificios (aunque mantuvo bajo el sonido). La mujer permaneció sola. Un mundo superpoblado es el lugar ideal para estar a solas.

Los directivos de Synthank estaban dando cuenta de un opíparo almuerzo para celebrar el lanzamiento de su nuevo producto. Algunos de ellos lucían las máscaras faciales de plástico que tan de moda estaban. Todos los hombres estaban espléndidamente delgados a pesar de la gran cantidad de comida y bebida que consumían. Sus esposas también mantenían una espléndida esbeltez pese a la abundancia de comida y bebida. Una generación anterior y menos sofisticada habría considerado a todos los presentes como "gente guapa", salvo por sus ojos.

Henry Swinton, director administrativo de Synthank, se disponía a pronunciar unas palabras.

- Lamento que su esposa no esté aquí para escucharle -- comentó su vecino de asiento.

- Mónica prefiere quedarse en casa pensando en cosas bellas -- respondió Swinton, manteniendo la sonrisa.

- Parece lógico que una mujer tan bella tenga pensamientos igualmente bellos - añadió el vecino.

Aparta tu mente de mi esposa, cerdo, pensó Swinton sin dejar de sonreir. Después, se puso de pie entre aplausos para pronunciar su pequeño discurso. Tras un par de chistes como introducción, pasó a decir: - La fecha de hoy marca un verdadero hito en la historia de nuestra empresa. Hace casi diez años que lanzamos al mercado mundial nuestras primeras formas de vida sintéticas y todos sabemos el gran éxito que han representado, en especial los dinosaurios en miniatura. Sin embargo, ninguna de ellas posee inteligencia. Parece una paradoja que hoy en dia seamos capaces de crear vida, pero no inteligencia.

Nuestra primera linea de productos, la Tenia Croswell, es la que más se vende y la que posee menos inteligencia de todos. -- Una carcajada unánime acompañó sus palabras --. Aunque tres cuartas partes de los habitantes de nuestro mundo superpoblado pasan hambre, nosotros, gracias al control demográfico, podemos disponer aquí de todo lo necesario y más. Nuestro problema es la obesidad, no la desnutrición. Apuesto a que todos los que estamos sentados en torno a ésta mesa tenemos trabajando para nosotros en el intestino delgado una Croswell, una tenia parásita totalmente inofensiva que permite a su huésped ingerir hasta un cincuenta por ciento más de comida sin que ello afecte a su figura. ¿Me equivoco? - La mayoría de los presentes asintió con la cabeza. Swinton continuó diciendo --: Nuestros dinosaurios en miniatura apenas son más inteligentes que esos gusanos. Hoy, en cambio, vamos a lanzar al mercado una forma de vida sintética dotada de inteligencia: un sirviente humano de tamaño natural.

»Nuestro sirviente no sólo es inteligente, sino que posee un grado de inteligencia limitado. Consideramos que las personas le tendrían miedo a un ser con un cerebro humano, de modo que nuestro sirviente biónico tiene un pequeño ordenador en el cráneo.

»Hasta ahora ha habido en el mercado objetos mecánicos con miniordenadores por cerebro, objetos de plástico sin vida, superjuguetes, pero hoy, por fin, hemos encontrado la manera de unir los circuitos del ordenador con la carne sintética.

David estaba sentado junto al amplio ventanal de su cuarto, pugnando con un lápiz y un papel. Por último, dejó de escribir y se puso a hacer rodar el lápiz por la superficie inclinada de la tapa del pupitre.

- ¡Teddy! -- exclamó de pronto.

Teddy estaba sobre la cama, apoyado en la pared bajo un libro con imágenes en movimiento y un enorme soldado de plástico. El modelo fonológico de la voz de su amo lo activó y Teddy se sentó erguido entre los juguetes.

- Teddy, no se me ocurre qué poner.

El osito saltó de la cama y dió unos pasos rígidos por el cuarto hasta agarrarse a las piernas del pequeño. David lo levantó y lo instaló sobre el pupitre.

- ¿Qué has escrito hasta ahora?

- He puesto... -- El pequeño sostuvo en alto la carta y la repasó con una mirada seria y penetrante --. He escrito, «Querida mamá, espero que te encuentres bien. Te quiero mucho...».

Se produjo un largo silencio hasta que el osito respondió:

- Suena muy bien. Ve abajo y dáselo.

Otro largo silencio.

- No está bien. Mamá no lo entenderá.

En el interior del osito, un pequeño ordenador repasó su programa de posibilidades.

- ¿Por qué no lo vuelves a escribir con lápices de colores?

Al observar que David no respondía, el osito repitió su sugerencia: - ¿Por qué no lo vuelves a escribir con lápices de colores?

David tenía la vista fija en la ventana.

- ¿Sabes que estaba pensando, Teddy? ¿Cómo puede uno distinguir las cosas reales de las que no lo son?

El osito barajó sus alternativas.

- Las cosas reales son buenas.

- Me pregunto si el tiempo es bueno. No me parece que a mamá le guste demasiado el tiempo. El otro día, hace un montón de dias, dijo que el tiempo pasaba por ella. ¿Es real el tiempo, Teddy?

-Los relojes marcan el paso del tiempo, los relojes son reales. Mamá tiene relojes, de modo que deben gustarle. Lleva un reloj en la muñeca junto al dial.

David empezó a dibujar un reactor de gran capacidad en el reverso de la carta.

- Tú y yo somos reales, ¿verdad Teddy?

Los ojos del osito contemplaron al chiquillo sin parpadear.

- Tú y yo somos reales, David. -- El osito estaba especializado en proporcionar consuelo.

Mónica deambuló lentamente por la casa. Faltaba poco para que llegara el correo de la tarde por el aparato. Marcó el número de la oficina de correos en el dial que llevaba en la muñeca, pero no obtuvo respuesta. Tendría que esperar unos minutos más.

Podía ocuparlos pintando un poco, o llamando a sus amigos, o esperando a que Henry volviera a casa, o subiendo al piso de arriba para jugar con David...

Se dirigió al vestíbulo y anduvo hasta el pie de las escaleras.

- ¡David!

No hubo respuesta. La mujer lo llamó tres veces más.

- ¡Teddy! -- exclamó a continuación en un tono de voz más agudo.

- ¡Sí, mamá! -- Tras un instante de pausa, la cabecita de pelo dorado de Teddy asomó a lo alto de la escalera.

- ¿Está David en su cuarto, Teddy?

- Ha salido al jardín, mamá.

- ¡Ven aquí abajo, Teddy!

Mónica observó impasible la pequeña figura peluda mientras descendía los peldaños uno a uno con sus patas cortas y rechonchas. Cuando el osito llegó al pie de la escalera, la mujer lo levantó del suelo y lo condujo a la sala de estar. Teddy permaneció inmóvil en sus brazos, contemplándola. La mujer pudo apreciar la levísima vibración de su motor.

- Quédate aquí, Teddy. Quiero hablar contigo.

Mónica colocó al osito sobre una mesa y Teddy se quedó allí como ella le había dicho, con los brazos extendidos y abiertos en el gesto eterno de un abrazo.

- Teddy, ¿te ha dicho David que me dijeras que ha salido al jardín? - Los circuitos del cerebro del juguete eran demasiado sencillos para saber mantener una mentira.

- Sí, mamá -- respondió finalmente.

- De modo que me has engañado...

- Sí mamá.

- ¡Deja de llamarme mamá! ¿Por qué intenta evitarme David? No tendrá miedo de mí, ¿verdad?

- No. David te quiere mucho.

- ¿Por qué no podemos comunicarnos entonces?

- David está arriba.

La respuesta hizo que Mónica enmudeciera. ¿Por qué perdía el tiempo hablando con aquella máquina? ¿Por qué no subía las escaleras, sencillamente, y estrechaba a David entre sus brazos y hablaba con él como haría cualquier madre cariñosa con su hijo querido? Escuchó el silencio opresivo que reinaba en la casa, un silencio que surgía de cada estancia con un matiz diferente. En el piso de arriba, algo se estaba moviendo muy quedamente; era David, sin duda, intentando esconderse de ella...

Henry Swinton estaba llegando al final de su discurso. Los invitados seguían atentos a sus comentarios; los miembros de la Prensa, que llenaban dos paredes de la sala de banquetes, tomaban nota también de sus palabras y le sacaban fotografías de vez en cuando.

- Nuestro sirviente será, en muchos aspectos, el producto de un ordenador. Sin los ordenadores, no habríamos podido profundizar en el estudio de la complicada bioquímica necesaria para conseguir una carne sintética. El sirviente que hoy presentamos será también una extensión del ordenador, pues contendrá en su cabeza un ordenador microcomputerizado capaz de desenvolverse en casi cualquier situación que pueda encontrar en el hogar. Con algunas reservas, claro está. Este último comentario fue acogido con risas, pues muchos de los presentes estaban al corriente del acalorado debate que se había producido en la sala de sesiones hasta adoptar la decisión final de dejar al sirviente asexuado bajo su impecable uniforme.

- Resulta triste observar que, pese a todos los triunfos de nuestra civilización -- si, y también a pesar de los graves problemas que origina la superpoblación --, millones de personas padecen cada vez más de soledad y aislamiento. Nuestro sirviente será para ellas una bendición; él responderá siempre y no se aburrirá ni con la conversación más soporífera.

»Para el futuro tenemos en proyecto más modelos, masculinos y femeninos - ¡algunos de ellos sin las limitaciones de éste primero, se lo prometo! -, de un diseño más avanzado: verdaderos seres bioelectrónicos que no solo posean sus propios ordenadores, capaces de una programación individual, sino que estén integrados en la Red Mundial de Datos. De éste modo, cualquiera podrá disfrutar en su propia casa del equivalente a un Einstein. Entonces, el aislamiento personal quedará resuelto definitivamente.

Swinton volvió a su asiento entre aplausos entusiastas. Incluso el sirviente sintético, sentado a la mesa con un traje nada ostentoso, aplaudió satisfecho.

Con su carpeta escolar a rastras, David avanzó pegado a la pared exterior de la casa.

Se encaramó al banco ornamental situado bajo la ventana de la sala de estar y se asomó con cautela al interior.

Su madre estaba en medio de la estancia. Sus facciones eran vagas y su inexpresividad asustó al pequeño; que la observó fascinado. Permaneció inmóvil, y ella también. El tiempo debía haberse detenido, como lo había hecho en el jardín.

Por último, la mujer se volvió y salió de la sala. David aguardó unos instantes y dio unos golpecitos en la ventana. Teddy miró a su alrededor, le vió, saltó de la mesa y se acercó a la ventana. Empleando sus zarpas, logró abrir ésta finalmente.

Los dos se miraron.

- No soy bueno, Teddy. ¡Escapémonos!

- David, eres un niño muy bueno. Y tu mamá te quiere mucho.

El niño movió la cabeza lentamente, en gesto de negativa.

- Si me quiere, ¿por qué no puedo hablar con ella?

- No seas tonto, David. Mamá se siente sola. Por eso te tuvo.

- Ella tiene a papá. Yo no tengo a nadie más que a tí y me siento solo.

Teddy le dió un amistoso cachete en el rostro.

- Si tan mal te sientes, será mejor que acudas de nuevo al psiquiatra.

- Ese viejo psiquiatra no me gusta. Me hace sentir como si no fuera real.

David echó a correr por el césped. El osito se subió a la ventana y le siguió tan deprisa como le permitían sus patas cortas y rechonchas.

Mónica Swinton estaba arriba, en el cuarto de juegos. Llamó a su hijo una vez y se quedó allí indecisa. Todo estaba en silencio.

Sobre el pupitre había varios lápices de colores. Siguiendo un súbito impulso, la mujer se acercó al mueble y abrió la tapa. En el interior había decenas de hojas de papel, muchas de ellas llenas con la torpe escritura de David a lápiz, cada letra de un color distinto a la precedente. Ninguno de los mensajes estaba terminado.

«Mi mamá querida, ¿cómo eres realmente, me quieres tanto como...?»

«Querida mamá, os quiero mucho a tí y a papá y el sol está brillando...»

«Querida queridísima mamá, Teddy me está ayudando a escribirte. Os quiero mucho a tí y a Teddy...»

«Querida mamá, yo soy tu único hijo y te quiero tanto que a veces...»

«Mamá querida, tú eres realmente mi mamá y odio a Teddy...»

«Querida mamá, adivina cuánto te quiero...»

«Querida mamá, yo soy tu pequeñin y no Teddy y te quiero pero Teddy...»

«Querida mamá, te escribo ésta carta solo para decirte cuánto, cuantísimo... »

Mónica dejó caer las hojas de papel y rompió a llorar. Las letras, con sus colores alegres e inexactos, se esparcieron por el suelo.

Henry Swinton tomó el expreso de vuelta a casa de muy buen humor y dirigió de vez en cuando la palabra al sirviente sintético que le acompañaba en el viaje. El sirviente le contestó con cortesía y precisión, aunque sus respuestas no siempre venían al caso para una mentalidad humana.

Los Swinton vivían en uno de los bloques de casas mas opulentos de la ciudad, a medio kilómetro sobre el nivel del suelo. Incrustado entre otras viviendas, su piso no tenía ventanas al exterior. Nadie deseaba ver el mundo exterior superpoblado. Henry abrió la puerta colocándose ante el portero automático que le identificaba por su retina y penetró en la casa seguido por el sirviente.

De inmediato, se vio rodeado por la grata ilusión de unos jardines en perpetuo verano.

Resultaba sorprendente como el Holograma Total podía crear aquellos enormes espejismos en un espacio tan reducido. Detrás de sus rosas y glicinas quedaba la casa; el engaño era completo: una mansión georgiana parecía darle la bienvenida.

- ¿Qué te parece? -- preguntó al sirviente.

- A veces, las rosas padecen de puntos negros.

- Estas tienen garantía de estar libres de imperfecciones.

- Siempre es recomendable adquirir productos con garantía, aunque cuesten ligeramente más.

- Gracias por la información -- replicó Henry seriamente. Las formas de vida sintética tenían menos de diez años de existencia y los viejos androides mecánicos, menos de dieciseis; los defectos de sus sistemas todavía estaban siendo pulidos año tras año.

Henry abrió la puerta y llamó a Mónica.

La mujer salió inmediatamente de la sala de estar y le echó los brazos al cuello, besándole ardientemente las mejillas y los labios. A Henry le sorprendió la acogida. Al apartarse un poco para observar su rostro, advirtió que Mónica parecía irradiar luz y belleza. Hacia meses que no la veía tan excitada e, instintivamente, la abrazó con más fuerza.

- ¿Qué ha sucedido, querida?

- ¡Henry, Henry...! Oh, querido, estaba desesperada.... Pero acabo de marcar el número del correo de la tarde y... ¡No te lo creerás! ¡Oh, es tan maravilloso!

- Por el amor de dios, Mónica, ¿qué es eso tan maravilloso?

Henry alcanzó a ver fugazmente el membrete de la copia fotostática, aún húmeda al salir de la impresora, que la mujer tenía en la mano: Ministerio de Población. Notó que su rostro palidecía, embargado de pronto por la emoción y la esperanza.

- ¡Oh, Mónica...! ¡No me digas que ha salido nuestro número!

- ¡Si, amor mio, si! ¡Nos ha tocado la lotería de la paternidad de ésta semana! ¡Ahora podremos concebir un hijo inmediatamente!

Henry soltó un grito de alegría y los dos se pusieron a bailar por la sala. La presión demográfica era tal que la reproducción tenía que quedar estrictamente controlada.

Para tener un hijo era necesario el permiso gubernamental y la pareja llevaba cuatro años esperando aquel momento. Ahora, la pareja expresó su felicidad con unas lagrimas incoherentes.

Por fin, contuvieron su emoción entre jadeos y se quedaron en medio de la estancia riéndose mutuamente de la felicidad que animaba sus rostros. Al bajar del cuarto de David, Monica había pulsado en su dial la orden de que los cristales opacos de las ventanas recobraran la transparencia, de modo que ahora podía contemplar la panorámica del jardín al otro lado. Una luz solar artificial bañaba el césped con un fulgor dorado... y David y Teddy aparecían allí fuera, contemplando a la pareja.

Al ver sus rostros, Henry y su esposa se pusieron serios.

-¿Qué haremos con ellos?--preguntó el hombre.

-Teddy no es problema. Funciona bien.

-¿David presenta algún defecto?

-Su centro de comunicación verbal todavía presenta problemas. Creo que tendrá que volver a la fábrica.

-Muy bien. Veremos que tal está antes de que nazca el niño. Y eso me recuerda que...Tengo una sorpresa para ti;¡una ayuda, justo en el momento en que resultará más necesaria!Ven conmigo al vestíbulo y te enseñaré lo que he traido.

Mientras los dos adultos desaparecían de la sala, el niño y el osito se sentaron bajo los rosales.

-Teddy...supongo que mamá y papá son reales, ¿verdad?

-Haces unas preguntas de lo más ridículas, David. Nadie sabe qué significa de verdad eso de "real". Vamos adentro.

-¡Antes voy a coger otra rosa!

David cortó una flor de color de rosa brillante y la llevó consigo a la casa. La colocaría en la almohada cuando se acostara. Su belleza y suavidad le recordaban a mamá.

Prefacio de "La Naranja Mecánica" / Anthony Burgess / El verdadero final del druguito Alex D´Large, "olvidado" por Kubrick

La naranja mecánica exprimida de nuevo

Publiqué la novela A Clockwork Orange en 1962, lapso que debería haber bastado para borrarla de la memoria literaria del mundo. Sin embargo se resiste a ser borrada, y de esto la versión cinematográfica de Stanley Kubrick es la principal responsable. De buena gana la repudiaría por diferentes razones, pero eso no está permitido. Recibo cartas de estudiantes que tratan de escribir tesis sobre la novela, o peticiones de dramaturgos japoneses para convertirla en una suerte de obra de teatro noh. Así pues, es altamente probable que sobreviva, mientras que otras obras mías que valoro más muerden el polvo. Esta no es una experiencia inusual para los artistas. Rachmaninoff solía lamentarse de que se le conociera principalmente por un Preludio en Do menor sostenido que compuso en la adolescencia, mientras que sus obras de madurez no entraban nunca en los programas. Los niños afilan sus dientes pianísticos en un Minueto en Sol que Beethoven compuso sólo para poder detestarlo. Tendré que seguir viviendo con La naranja mecánica, y eso significa que me liga a ella un cierto deber de autor. Tengo un deber muy especial hacia ella en los Estados Unidos, y será mejor que explique en qué consiste.

Expondré la situación sin rodeos. La naranja mecánica nunca ha sido publicada completa en Norteamérica. El libro que escribí está dividido en tres partes de siete capítulos cada una. Recurra a su calculadora de bolsillo y descubrirá que eso hace un total de veintiún capítulos. 21 es el símbolo de la madurez humana, o lo era, puesto que a los 21 tenías derecho a votar y asumías las responsabilidades de un adulto. Fuera cual fuese su simbología, el caso es que 21 fue el número con el que empecé. A los novelistas de mi cuerda les interesa la llamada numerología, es decir que los números tienen que significar algo para los humanos cuando éstos los utilizan. El número de capítulos nunca es del todo arbitrario. Del mismo modo que un compositor musical trabaja a partir de una vaga imagen de magnitud y duración, el novelista parte con una imagen de extensión, y esa imagen se expresa en el número de partes y capítulos en los que se dispondrá la obra. Esos veintiún capítulos eran importantes para mí.
Pero no lo eran para mi editor de Nueva York. El libro que publicó sólo tenía veinte capítulos. Insistió en eliminar el veintiuno. Naturalmente, yo podía haberme opuesto y llevar mi libro a otra parte, pero se consideraba que él estaba siendo caritativo al aceptar mi trabajo y que cualquier otro editor de Nueva York o Boston rechazaría el manuscrito sin contemplaciones. En 1961 necesitaba dinero, aun la miseria que me ofrecían como anticipo, y si la condición para que aceptasen el libro significaba también su truncamiento, que así fuera. Por tanto hay una profunda diferencia entre La naranja mecánica que es conocida en Gran Bretaña y el volumen algo más delgado que lleva el mismo título en los Estados Unidos de América.

Sigamos adelante. El resto del mundo recibió sus ejemplares a través de Gran Bretaña, y por eso la mayoría de las versiones (ciertamente las traducciones francesa, italiana, rusa, hebrea, rumana y alemana) tienen los veintiún capítulos originales. Ahora bien, cuando Stanley Kubrick rodó su película, aunque lo hizo en Inglaterra, siguió la versión norteamericana, y al público fuera de los Estados Unidos le pareció que la historia acababa algo prematuramente. No es que los espectadores exigieran la devolución de su dinero, pero se preguntaban por qué Kubrick había suprimido el desenlace. Muchos me escribieron a propósito de eso; la verdad es que me he pasado buena parte de mi vida haciendo declaraciones xerográficas, de intención y de frustración de intención, mientras que Kubrick y mi editor de Nueva York gozaban tranquilamente de la recompensa por su mala conducta. La vida, por supuesto, es terrible.

¿Oué ocurría en ese vigésimo primer capítulo? Ahora tienen la oportunidad de averiguarlo. En resumen, mi joven criminal protagonista crece unos años. La violencia acaba por aburrirlo y reconoce que es mejor emplear la energía humana en la creación que en la destrucción. La violencia sin sentido es una prerrogativa de la juventud; rebosa energía pero le falta talento constructivo. Su dinamismo se ve forzado a manifestarse destrozando cabinas telefónicas, descarrilando trenes, robando coches y luego estrellándolos y, por supuesto, en la mucho más satisfactoria actividad de destruir seres humanos. Sin embargo, llega un momento en que la violencia se convierte en algo juvenil y aburrido. Es la réplica de los estúpidos y los ignorantes. Mi joven rufián siente de pronto, como una revelación, la necesidad de hacer algo en la vida, casarse, engendrar hijos, mantener la naranja del mundo girando en las rucas de Bogo, o manos de Dios, y quizás incluso crear algo, música por ejemplo. Después de todo Mozart y Mendelssohn compusieron una música celestial en la adolescencia o nadsat, mientras que lo único que hacía mi héroe era rasrecear y el viejo unodós-unodós. Es con una especie de vergüenza que este joven que está creciendo mira ese pasado de destrucción. Desea un futuro distinto.

En el vigésimo capítulo no hay ningún indicio de este cambio. El chico es condicionado y luego descondicionado y contempla con júbilo la recuperación de una voluntad libre y violenta. «Sí, yo ya estaba curado», dice, y así concluyen el libro norteamericano y la película. El capítulo veintiuno concede a la novela una cualidad de ficción genuina, un arte asentado sobre el principio de que los seres humanos cambian. De hecho, no tiene demasiado sentido escribir una novela a menos que pueda mostrarse la posibilidad de una transformación moral o un aumento de sabiduría que opera en el personaje o personajes principales. Incluso los malos bestsellers muestran a la gente cambiando. Cuando una obra de ficción no consigue mostrar el cambio, cuando sólo muestra el carácter humano como algo rígido, pétreo, impenitente, abandona el campo de la novela y entra en la fábula o la alegoría. La Naranja norteamericana o de Kubrick es una fábula; la británica o mundial es una novela.

Pero mi editor de Nueva York veía mi vigésimo primer capítulo como una traición. Era muy británico, blando, y mostraba una renuencia pelagiana a aceptar que el ser humano podía ser un modelo de maldad impenitente. Venía a decir que los norteamericanos eran más fuertes que los británicos y no temían enfrentarse a la realidad. Pronto se verían enfrentados a ella en Vietnam. Mi libro era kennediano y aceptaba la noción de progreso moral. Lo que en realidad se quería era un libro nixoniano sin un hilo de optimismo. Dejemos que la maldad se pavonee en la página y hasta la última línea y se ría de todas las creencias heredadas, judía, cristiana, musulmana o cualquier otra, y de que los humanos pueden llegar a ser mejores. Un libro así sería sensacional, y lo es.
Pero no creo que sea una imagen justa de la vida humana.
Y no lo creo porque, por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos) le darán cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral. La vida se sostiene gracias a la enconada oposición de entidades morales. De eso hablan los noticiarios televisivos. Desgraciadamente hay en nosotros tanto pecado original que el mal nos parece atractivo. Destruir es más fácil y mucho más espectacular que crear. Nos gusta morirnos de miedo ante visiones de destrucción cósmica. Sentarse en una habitación oscura y componer la Missa Solemnis o la Anatomía de la melancolía no da pie a titulares ni a flashes informativos. Desgraciadamente mi pequeño libelo atrajo a muchos porque despedía los miasmas del pecado original como un cartón de huevos podridos.

Parece mojigato e ingenuo negar que mi intención al escribir la novela era excitar las peores inclinaciones de mis lectores. Mi saludable herencia de pecado original se exterioriza en el libro y disfruto violando y destruyendo por poderes. Es la cobardía innata del novelista, que delega en personajes imaginarios los pecados que él tiene la prudencia de no cometer. Pero el libro también guarda una lección moral, la tradicional repetición de la importancia de la elección moral. Es precisamente el hecho de que esa lección destaca tanto la que me hace menospreciar a veces La naranja mecánica como una obra demasiado didáctica para ser artística. No es misión del novelista predicar, sino mostrar. Yo he mostrado suficiente, aunque a veces lo oculta la cortina de un idioma inventado; otro aspecto de mi cobardía. El nadsat, una versión rusificada del inglés, fue concebido para amortiguar la cruda respuesta que se espera de la pornografía. Convierte el libro en una aventura lingüística. La gente prefiere la película porque el lenguaje los asusta, y con razón.
No creo tener que recordar a los lectores el significado del título. Las naranjas mecánicas no existen, excepto en el habla de los viejos londinenses. La imagen era extraña, siempre aplicada a cosas extrañas. «Ser más raro que una naranja mecánica» quiere decir que se es extraño hasta el límite de lo extraño. En sus orígenes «raro» [queer] no denotaba homosexualidad, aunque «raro» era también el nombre que se daba a un miembro de la fraternidad invertida. Los europeos que tradujeron el título como Arancia a Orologeria o Orange Mécanique no alcanzaban a comprender su resonancia cockney y alguno pensó que se refería a una granada de mano, una piña explosiva más barata. Yo la uso para referirme a la aplicación de una moralidad mecánica a un organismo vivo que rebosa de jugo y dulzura.
Los lectores del capítulo veintiuno deben decidir por sí mismos si mejora el libro que presumiblemente conocen o realmente se trata de un miembro prescindible. Mi intención era que el libro concluyese de esta manera, pero tal vez mi juicio estético no era correcto. Los escritores raras veces son sus mejores críticos, y tampoco son críticos. Quod scripsi scripsi, dijo Poncio Pilatos cuando hizo a Jesucristo rey de los judíos. «Lo que he escrito, escrito está». Podemos destruir lo que hemos escrito, pero no podemos borrarlo. Con lo que el doctor Johnson llamaba fría indiferencia expondré lo escrito al juicio de ese 0,00000001 de la población norteamericana al que le importan esas cuestiones. Coman esta porción dulce o escúpanla.

Son libres.

ANTHONY BURGESS / Noviembre de 1986

Una Pequeña Fábula / Kafka, Franz

¡Ay! -dijo el ratón-.
El mundo se hace cada día más pequeño.
Al principio era tan grande que le tenía miedo.
Corría y corría y por cierto que me alegraba ver esos muros,
a diestra y siniestra,
en la distancia.
Pero esas paredes se estrechan tan rápido
que me encuentro en el último cuarto
y ahí en el rincón está la trampa
sobre la cual debo pasar.
-Todo lo que debes hacer es cambiar de rumbo -
dijo el gato...
y se lo comió.

lunes, 29 de septiembre de 2008

El Ruido de un Trueno / Cuento / Ray Bradbury


El anuncio en la pared parecía temblar bajo una móvil película de agua caliente. Eckels sintió que parpadeaba, y el anuncio ardió en la momentánea oscuridad:
SAFARI EN EL TIEMPO S.A. SAFARIS A CUALQUIER AÑO DEL PASADO. USTED ELIGE EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEVAMOS ALLÍ, USTED LO MATA.

Una flema tibia se le formó en la garganta a Eckels. Tragó saliva empujando hacia abajo la flema. Los músculos alrededor de la boca formaron una sonrisa, mientras alzaba lentamente la mano, y la mano se movió con un cheque de diez mil dólares ante el hombre del escritorio.
-¿Este safari garantiza que yo regrese vivo?
-No garantizamos nada -dijo el oficial-, excepto los dinosaurios. -Se volvió-. Este es el señor Travis, su guía safari en el pasado. Él le dirá a qué debe disparar y en qué momento. Si usted desobedece sus instrucciones, hay una multa de otros diez mil dólares, además de una posible acción del gobierno, a la vuelta.
Eckels miró en el otro extremo de la vasta oficina la confusa maraña zumbante de cables y cajas de acero, y el aura ya anaranjada, ya plateada, ya azul. Era como el sonido de una gigantesca hoguera donde ardía el tiempo, todos los años y todos los calendarios de pergamino, todas las horas apiladas en llamas. El roce de una mano, y este fuego se volvería maravillosamente, y en un instante, sobre sí mismo. Eckels recordó las palabras de los anuncios en la carta. De las brasas y cenizas, del polvo y los carbones, como doradas salamandras, saltarán los viejos años, los verdes años; rosas endulzarán el aire, las canas se volverán negro ébano, las arrugas desaparecerán. Todo regresará volando a la semilla, huirá de la muerte, retornará a sus principios; los soles se elevarán en los cielos occidentales y se pondrán en orientes gloriosos, las lunas se devorarán al revés a sí mismas, todas las cosas se meterán unas en otras como cajas chinas, los conejos entrarán en los sombreros, todo volverá a la fresca muerte, la muerte en la semilla, la muerte verde, al tiempo anterior al comienzo. Bastará el roce de una mano, el más leve roce de una mano.
-¡Infierno y condenación! -murmuró Eckels con la luz de la máquina en el rostro delgado-. Una verdadera máquina del tiempo. -Sacudió la cabeza-. Lo hace pensar a uno. Si la elección hubiera ido mal ayer, yo quizá estaría aquí huyendo de los resultados. Gracias a Dios ganó Keith. Será un buen presidente.
-Sí -dijo el hombre detrás del escritorio-. Tenemos suerte. Si Deutscher hubiese ganado, tendríamos la peor de las dictaduras. Es el antitodo, militarista, anticristo, antihumano, antintelectual. La gente nos llamó, ya sabe usted, bromeando, pero no enteramente. Decían que si Deutscher era presidente, querían ir a vivir a 1492. Por supuesto, no nos ocupamos de organizar evasiones, sino safaris. De todos modos, el presidente es Keith. Ahora su única preocupación es...
Eckels terminó la frase:
-Matar mi dinosaurio.
-Un Tyrannosaurus rex. El lagarto del Trueno, el más terrible monstruo de la historia. Firme este permiso. Si le pasa algo, no somos responsables. Estos dinosaurios son voraces.
Eckels enrojeció, enojado.
-¿Trata de asustarme?
-Francamente, sí. No queremos que vaya nadie que sienta pánico al primer tiro. El año pasado murieron seis jefes de safari y una docena de cazadores. Vamos a darle a usted la más extraordinaria emoción que un cazador pueda pretender. Lo enviaremos sesenta millones de años atrás para que disfrute de la mayor y más emocionante cacería de todos los tiempos. Su cheque está todavía aquí. Rómpalo.
El señor Eckels miró el cheque largo rato. Se le retorcían los dedos.
-Buena suerte -dijo el hombre detrás del mostrador-. El señor Travis está a su disposición.
Cruzaron el salón silenciosamente, llevando los fusiles, hacia la Máquina, hacia el metal plateado y la luz rugiente.
Primero un día y luego una noche y luego un día y luego una noche, y luego día-noche-día-noche-día. Una semana, un mes, un año, ¡una década! 2055, 2019, ¡1999! ¡1957! ¡Desaparecieron! La Máquina rugió. Se pusieron los cascos de oxígeno y probaron los intercomunicadores. Eckels se balanceaba en el asiento almohadillado, con el rostro pálido y duro. Sintió un temblor en los brazos y bajó los ojos y vio que sus manos apretaban el fusil. Había otros cuatro hombres en esa máquina. Travis, el jefe del safari, su asistente, Lesperance, y dos otros cazadores, Billings y Kramer. Se miraron unos a otros y los años llamearon alrededor.
-¿Estos fusiles pueden matar a un dinosaurio de un tiro? -se oyó decir a Eckels.
-Si da usted en el sitio preciso -dijo Travis por la radio del casco-. Algunos dinosaurios tienen dos cerebros, uno en la cabeza, otro en la columna espinal. No les tiraremos a éstos, y tendremos más probabilidades. Aciérteles con los dos primeros tiros a los ojos, si puede, cegándolo, y luego dispare al cerebro.
La máquina aulló. El tiempo era una película que corría hacia atrás. Pasaron soles, y luego diez millones de lunas.
-Dios santo -dijo Eckels-. Los cazadores de todos los tiempos nos envidiarían hoy. África al lado de esto parece Illinois.
El sol se detuvo en el cielo.
La niebla que había envuelto la Máquina se desvaneció. Se encontraban en los viejos tiempos, tiempos muy viejos en verdad, tres cazadores y dos jefes de safari con sus metálicos rifles azules en las rodillas.
-Cristo no ha nacido aún -dijo Travis-. Moisés no ha subido a la montaña a hablar con Dios. Las pirámides están todavía en la tierra, esperando. Recuerde que Alejandro, Julio César, Napoleón, Hitler... no han existido.
Los hombres asintieron con movimientos de cabeza.
-Eso -señaló el señor Travis- es la jungla de sesenta millones dos mil cincuenta y cinco años antes del presidente Keith.
Mostró un sendero de metal que se perdía en la vegetación salvaje, sobre pantanos humeantes, entre palmeras y helechos gigantescos.
-Y eso -dijo- es el Sendero, instalado por Safari en el Tiempo para su provecho. Flota a diez centímetros del suelo. No toca ni siquiera una brizna, una flor o un árbol. Es de un metal antigravitatorio. El propósito del Sendero es impedir que toque usted este mundo del pasado de algún modo. No se salga del Sendero. Repito. No se salga de él. ¡Por ningún motivo! Si se cae del Sendero hay una multa. Y no tire contra ningún animal que nosotros no aprobemos.
-¿Por qué? -preguntó Eckels. Estaban en la antigua selva. Unos pájaros lejanos gritaban en el viento, y había un olor de alquitrán y viejo mar salado, hierbas húmedas y flores de color de sangre.
-No queremos cambiar el futuro. Este mundo del pasado no es el nuestro. Al gobierno no le gusta que estemos aquí. Tenemos que dar mucho dinero para conservar nuestras franquicias. Una máquina del tiempo es un asunto delicado. Podemos matar inadvertidamente un animal importante, un pajarito, un coleóptero, aun una flor, destruyendo así un eslabón importante en la evolución de las especies.
-No me parece muy claro -dijo Eckels.
-Muy bien -continuó Travis-, digamos que accidentalmente matamos aquí un ratón. Eso significa destruir las futuras familias de este individuo, ¿entiende?
-Entiendo.
-¡Y todas las familias de las familias de ese individuo! Con sólo un pisotón aniquila usted primero uno, luego una docena, luego mil, un millón, ¡un billón de posibles ratones!
-Bueno, ¿y eso qué? -inquirió Eckels.
-¿Eso qué? -gruñó suavemente Travis-. ¿Qué pasa con los zorros que necesitan esos ratones para sobrevivir? Por falta de diez ratones muere un zorro. Por falta de diez zorros, un león muere de hambre. Por falta de un león, especies enteras de insectos, buitres, infinitos billones de formas de vida son arrojadas al caos y la destrucción. Al final todo se reduce a esto: cincuenta y nueve millones de años más tarde, un hombre de las cavernas, uno de la única docena que hay en todo el mundo, sale a cazar un jabalí o un tigre para alimentarse. Pero usted, amigo, ha aplastado con el pie a todos los tigres de esa zona al haber pisado un ratón. Así que el hombre de las cavernas se muere de hambre. Y el hombre de las cavernas, no lo olvide, no es un hombre que pueda desperdiciarse, ¡no! Es toda una futura nación. De él nacerán diez hijos. De ellos nacerán cien hijos, y así hasta llegar a nuestros días. Destruya usted a este hombre, y destruye usted una raza, un pueblo, toda una historia viviente. Es como asesinar a uno de los nietos de Adán. El pie que ha puesto usted sobre el ratón desencadenará así un terremoto, y sus efectos sacudirán nuestra tierra y nuestros destinos a través del tiempo, hasta sus raíces. Con la muerte de ese hombre de las cavernas, un billón de otros hombres no saldrán nunca de la matriz. Quizás Roma no se alce nunca sobre las siete colinas. Quizá Europa sea para siempre un bosque oscuro, y sólo crezca Asia saludable y prolífica. Pise usted un ratón y aplastará las pirámides. Pise un ratón y dejará su huella, como un abismo en la eternidad. La reina Isabel no nacerá nunca, Washington no cruzará el Delaware, nunca habrá un país llamado Estados Unidos. Tenga cuidado. No se salga del Sendero. ¡Nunca pise afuera!
-Ya veo -dijo Eckels-. Ni siquiera debemos pisar la hierba.
-Correcto. Al aplastar ciertas plantas quizá sólo sumemos factores infinitesimales. Pero un pequeño error aquí se multiplicará en sesenta millones de años hasta alcanzar proporciones extraordinarias. Por supuesto, quizá nuestra teoría esté equivocada. Quizá nosotros no podamos cambiar el tiempo. O tal vez sólo pueda cambiarse de modos muy sutiles. Quizá un ratón muerto aquí provoque un desequilibrio entre los insectos de allá, una desproporción en la población más tarde, una mala cosecha luego, una depresión, hambres colectivas, y, finalmente, un cambio en la conducta social de alejados países. O aun algo mucho más sutil. Quizá sólo un suave aliento, un murmullo, un cabello, polen en el aire, un cambio tan, tan leve que uno podría notarlo sólo mirando de muy cerca. ¿Quién lo sabe? ¿Quién puede decir realmente que lo sabe? No nosotros. Nuestra teoría no es más que una hipótesis. Pero mientras no sepamos con seguridad si nuestros viajes por el tiempo pueden terminar en un gran estruendo o en un imperceptible crujido, tenemos que tener mucho cuidado. Esta máquina, este sendero, nuestros cuerpos y nuestras ropas han sido esterilizados, como usted sabe, antes del viaje. Llevamos estos cascos de oxígeno para no introducir nuestras bacterias en una antigua atmósfera.
-¿Cómo sabemos qué animales podemos matar?
-Están marcados con pintura roja -dijo Travis-. Hoy, antes de nuestro viaje, enviamos aquí a Lesperance con la Máquina. Vino a esta Era particular y siguió a ciertos animales.
-¿Para estudiarlos?
-Exactamente -dijo Travis-. Los rastreó a lo largo de toda su existencia, observando cuáles vivían mucho tiempo. Muy pocos. Cuántas veces se acoplaban. Pocas. La vida es breve. Cuando encontraba alguno que iba a morir aplastado por un árbol u otro que se ahogaba en un pozo de alquitrán, anotaba la hora exacta, el minuto y el segundo, y le arrojaba una bomba de pintura que le manchaba de rojo el costado. No podemos equivocarnos. Luego midió nuestra llegada al pasado de modo que no nos encontremos con el monstruo más de dos minutos antes de aquella muerte. De este modo, sólo matamos animales sin futuro, que nunca volverán a acoplarse. ¿Comprende qué cuidadosos somos?
-Pero si ustedes vinieron esta mañana -dijo Eckels ansiosamente-, debían haberse encontrado con nosotros, nuestro safari. ¿Qué ocurrió? ¿Tuvimos éxito? ¿Salimos todos... vivos?
Travis y Lesperance se miraron.
-Eso hubiese sido una paradoja -habló Lesperance-. El tiempo no permite esas confusiones..., un hombre que se encuentra consigo mismo. Cuando va a ocurrir algo parecido, el tiempo se hace a un lado. Como un avión que cae en un pozo de aire. ¿Sintió usted ese salto de la Máquina, poco antes de nuestra llegada? Estábamos cruzándonos con nosotros mismos que volvíamos al futuro. No vimos nada. No hay modo de saber si esta expedición fue un éxito, si cazamos nuestro monstruo, o si todos nosotros, y usted, señor Eckels, salimos con vida.
Eckels sonrió débilmente.
-Dejemos esto -dijo Travis con brusquedad-. ¡Todos de pie! Se prepararon a dejar la Máquina. La jungla era alta y la jungla era ancha y la jungla era todo el mundo para siempre y para siempre. Sonidos como música y sonidos como lonas voladoras llenaban el aire: los pterodáctilos que volaban con cavernosas alas grises, murciélagos gigantescos nacidos del delirio de una noche febril. Eckels, guardando el equilibrio en el estrecho sendero, apuntó con su rifle, bromeando.
-¡No haga eso! -dijo Travis.- ¡No apunte ni siquiera en broma, maldita sea! Si se le dispara el arma...
Eckels enrojeció.
- ¿Dónde está nuestro Tyrannosaurus?
- Lesperance miró su reloj de pulsera.
-Adelante. Nos cruzaremos con él dentro de sesenta segundos. Busque la pintura roja, por Cristo. No dispare hasta que se lo digamos. Quédese en el Sendero. ¡Quédese en el Sendero!
Se adelantaron en el viento de la mañana.
-Qué raro -murmuró Eckels-. Allá delante, a sesenta millones de años, ha pasado el día de elección. Keith es presidente. Todos celebran. Y aquí, ellos no existen aún. Las cosas que nos preocuparon durante meses, toda una vida, no nacieron ni fueron pensadas aún.
-¡Levanten el seguro, todos! -ordenó Travis-. Usted dispare primero, Eckels. Luego, Billings. Luego, Kramer.
-He cazado tigres, jabalíes, búfalos, elefantes, pero esto, Jesús, esto es caza -comentó Eckels -. Tiemblo como un niño.
- Ah -dijo Travis.
-Todos se detuvieron.
Travis alzó una mano.
-Ahí adelante -susurró-. En la niebla. Ahí está Su Alteza Real.
La jungla era ancha y llena de gorjeos, crujidos, murmullos y suspiros. De pronto todo cesó, como si alguien hubiese cerrado una puerta.
Silencio.
El ruido de un trueno.
De la niebla, a cien metros de distancia, salió el Tyrannosaurus rex.
-Jesucristo -murmuró Eckels.
-¡Chist!
Venía a grandes trancos, sobre patas aceitadas y elásticas. Se alzaba diez metros por encima de la mitad de los árboles, un gran dios del mal, apretando las delicadas garras de relojero contra el oleoso pecho de reptil. Cada pata inferior era un pistón, quinientos kilos de huesos blancos, hundidos en gruesas cuerdas de músculos, encerrados en una vaina de piel centelleante y áspera, como la cota de malla de un guerrero terrible. Cada muslo era una tonelada de carne, marfil y acero. Y de la gran caja de aire del torso colgaban los dos brazos delicados, brazos con manos que podían alzar y examinar a los hombres como juguetes, mientras el cuello de serpiente se retorcía sobre sí mismo. Y la cabeza, una tonelada de piedra esculpida que se alzaba fácilmente hacia el cielo, En la boca entreabierta asomaba una cerca de dientes como dagas. Los ojos giraban en las órbitas, ojos vacíos, que nada expresaban, excepto hambre.
Cerraba la boca en una mueca de muerte. Corría, y los huesos de la pelvis hacían a un lado árboles y arbustos, y los pies se hundían en la tierra dejando huellas de quince centímetros de profundidad. Corría como si diese unos deslizantes pasos de baile, demasiado erecto y en equilibrio para sus diez toneladas. Entró fatigadamente en el área de sol, y sus hermosas manos de reptil tantearon el aire.
-¡Dios mío! -Eckels torció la boca-. Puede incorporarse y alcanzar la luna.
-¡Chist! -Travis sacudió bruscamente la cabeza-. Todavía no nos vio.
-No es posible matarlo. -Eckels emitió con serenidad este veredicto, como si fuese indiscutible. Había visto la evidencia y ésta era su razonada opinión. El arma en sus manos parecía un rifle de aire comprimido-. Hemos sido unos locos. Esto es imposible.
-¡Cállese! -siseó Travis.
-Una pesadilla.
-Dé media vuelta -ordenó Travis-. Vaya tranquilamente hasta la máquina. Le devolveremos la mitad del dinero.
-No imaginé que sería tan grande -dijo Eckels-. Calculé mal. Eso es todo. Y ahora quiero irme.
-¡Nos vio!
-¡Ahí está la pintura roja en el pecho!
El Lagarto del Trueno se incorporó. Su armadura brilló como mil monedas verdes. Las monedas, embarradas, humeaban. En el barro se movían diminutos insectos, de modo que todo el cuerpo parecía retorcerse y ondular, aun cuando el monstruo mismo no se moviera. El monstruo resopló. Un hedor de carne cruda cruzó la jungla.
-Sáquenme de aquí -pidió Eckels-. Nunca fue como esta vez. Siempre supe que saldría vivo. Tuve buenos guías, buenos safaris, y protección. Esta vez me he equivocado. Me he encontrado con la horma de mi zapato, y lo admito. Esto es demasiado para mí.
-No corra -dijo Lesperance-. Vuélvase. Ocúltese en la Máquina. -Sí.
Eckels parecía aturdido. Se miró los pies como si tratara de moverlos. Lanzó un gruñido de desesperanza.
-¡Eckels!
Eckels dio unos pocos pasos, parpadeando, arrastrando los pies. -¡Por ahí no!
El monstruo, al advertir un movimiento, se lanzó hacia adelante con un grito terrible. En cuatro segundos cubrió cien metros. Los rifles se alzaron y llamearon. De la boca del monstruo salió un torbellino que los envolvió con un olor de barro y sangre vieja. El monstruo rugió con los dientes brillantes al sol.
Eckels, sin mirar atrás, caminó ciegamente hasta el borde del Sendero, con el rifle que le colgaba de los brazos. Salió del Sendero, y caminó, y caminó por la jungla. Los pies se le hundieron en un musgo verde. Lo llevaban las piernas, y se sintió solo y alejado de lo que ocurría atrás.
Los rifles dispararon otra vez. El ruido se perdió en chillidos y truenos. La gran palanca de la cola del reptil se alzó sacudiéndose. Los árboles estallaron en nubes de hojas y ramas. El monstruo retorció sus manos de joyero y las bajó como para acariciar a los hombres, para partirlos en dos, aplastarlos como cerezas, meterlos entre los dientes y en la rugiente garganta. Sus ojos de canto rodado bajaron a la altura de los hombres, que vieron sus propias imágenes. Dispararon sus armas contra las pestañas metálicas y los brillantes iris negros.
Como un ídolo de piedra, como el desprendimiento de una montaña, el Tyrannosaurus cayó. Con un trueno, se abrazó a unos árboles, los arrastró en su caída. Torció y quebró el Sendero de Metal. Los hombres retrocedieron alejándose. El cuerpo golpeó el suelo, diez toneladas de carne fría y piedra. Los rifles dispararon. El monstruo azotó el aire con su cola acorazada, retorció sus mandíbulas de serpiente, y ya no se movió. Una fuente de sangre le brotó de la garganta.
En alguna parte, adentro, estalló un saco de fluidos. Unas bocanadas nauseabundas empaparon a los cazadores. Los hombres se quedaron mirándolo, rojos y resplandecientes.
El trueno se apagó.
La jungla estaba en silencio. Luego de la tormenta, una gran paz. Luego de la pesadilla, la mañana.
Billings y Kramer se sentaron en el sendero y vomitaron. Travis y Lesperance, de pie, sosteniendo aún los rifles humeantes, juraban continuamente.
En la Máquina del Tiempo, cara abajo, yacía Eckels, estremeciéndose. Había encontrado el camino de vuelta al Sendero y había subido a la Máquina. Travis se acercó, lanzó una ojeada a Eckels, sacó unos trozos de algodón de una caja metálica y volvió junto a los otros, sentados en el Sendero.
-Límpiense.
Limpiaron la sangre de los cascos. El monstruo yacía como una loma de carne sólida. En su interior uno podía oír los suspiros y murmullos a medida que morían las más lejanas de las cámaras, y los órganos dejaban de funcionar, y los líquidos corrían un último instante de un receptáculo a una cavidad, a una glándula, y todo se cerraba para siempre. Era como estar junto a una locomotora estropeada o una excavadora de vapor en el momento en que se abren las válvulas o se las cierra herméticamente. Los huesos crujían. La propia carne, perdido el equilibrio, cayó como peso muerto sobre los delicados antebrazos, quebrándolos.
Otro crujido. Allá arriba, la gigantesca rama de un árbol se rompió y cayó. Golpeó a la bestia muerta como algo final.
-Ahí está- Lesperance miró su reloj-. Justo a tiempo. Ese es el árbol gigantesco que originalmente debía caer y matar al animal.
Miró a los dos cazadores: ¿Quieren la fotografía trofeo?
-¿Qué?
-No podemos llevar un trofeo al futuro. El cuerpo tiene que quedarse aquí donde hubiese muerto originalmente, de modo que los insectos, los pájaros y las bacterias puedan vivir de él, como estaba previsto. Todo debe mantener su equilibrio. Dejamos el cuerpo. Pero podemos llevar una foto con ustedes al lado.
Los dos hombres trataron de pensar, pero al fin sacudieron la cabeza. Caminaron a lo largo del Sendero de metal. Se dejaron caer de modo cansino en los almohadones de la Máquina. Miraron otra vez el monstruo caído, el monte paralizado, donde unos raros pájaros reptiles y unos insectos dorados trabajaban ya en la humeante armadura.
Un sonido en el piso de la Máquina del Tiempo los endureció. Eckels estaba allí, temblando.
-Lo siento -dijo al fin.
-¡Levántese! -gritó Travis.
Eckels se levantó.
-¡Vaya por ese sendero, solo! -agregó Travis, apuntando con el rifle-. Usted no volverá a la Máquina. ¡Lo dejaremos aquí!
Lesperance tomó a Travis por el brazo. -Espera...
-¡No te metas en esto! -Travis se sacudió apartando la mano-. Este hijo de perra casi nos mata. Pero eso no es bastante. Diablo, no. ¡Sus zapatos! ¡Míralos! Salió del Sendero. ¡Dios mío, estamos arruinados Cristo sabe qué multa nos pondrán. ¡Decenas de miles de dólares! Garantizamos que nadie dejaría el Sendero. Y él lo dejó. ¡Oh, condenado tonto! Tendré que informar al gobierno. Pueden hasta quitarnos la licencia. ¡Dios sabe lo que le ha hecho al tiempo, a la Historia!
-Cálmate. Sólo pisó un poco de barro.
-¿Cómo podemos saberlo? -gritó Travis-. ¡No sabemos nada! ¡Es un condenado misterio! ¡Fuera de aquí, Eckels!
Eckels buscó en su chaqueta.
-Pagaré cualquier cosa. ¡Cien mil dólares!
Travis miró enojado la libreta de cheques de Eckels y escupió.
-Vaya allí. El monstruo está junto al Sendero. Métale los brazos hasta los codos en la boca, y vuelva.
-¡Eso no tiene sentido!
-El monstruo está muerto, cobarde bastardo. ¡Las balas! No podemos dejar aquí las balas. No pertenecen al pasado, pueden cambiar algo. Tome mi cuchillo. ¡Extráigalas!
La jungla estaba viva otra vez, con los viejos temblores y los gritos de los pájaros. Eckels se volvió lentamente a mirar al primitivo vaciadero de basura, la montaña de pesadillas y terror. Luego de un rato, como un sonámbulo, se fue, arrastrando los pies.
Regresó temblando cinco minutos más tarde, con los brazos empapados y rojos hasta los codos. Extendió las manos. En cada una había un montón de balas. Luego cayó. Se quedó allí, en el suelo, sin moverse.
-No había por qué obligarlo a eso - dijo Lesperance.
-¿No? Es demasiado pronto para saberlo. -Travis tocó con el pie el cuerpo inmóvil.
-Vivirá. La próxima vez no buscará cazas como ésta. Muy bien. -Le hizo una fatigada seña con el pulgar a Lesperance-. Enciende. Volvamos a casa. 1492. 1776. 1812.
Se limpiaron las caras y manos. Se cambiaron las camisas y pantalones. Eckels se había incorporado y se paseaba sin hablar. Travis lo miró furiosamente durante diez minutos.
-No me mire -gritó Eckels-. No hice nada.
-¿Quién puede decirlo?
-Salí del sendero, eso es todo; traje un poco de barro en los zapatos. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me arrodille y rece?
-Quizá lo necesitemos. Se lo advierto, Eckels. Todavía puedo matarlo. Tengo listo el fusil.
-Soy inocente. ¡No he hecho nada!
1999, 2000, 2055.
La máquina se detuvo.
-Afuera -dijo Travis.
El cuarto estaba como lo habían dejado. Pero no de modo tan preciso. El mismo hombre estaba sentado detrás del mismo escritorio. Pero no exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio.
Travis miró alrededor con rapidez.
-¿Todo bien aquí? -estalló.
-Muy bien. ¡Bienvenidos!
Travis no se sintió tranquilo. Parecía estudiar hasta los átomos del aire, el modo como entraba la luz del sol por la única ventana alta.
-Muy bien, Eckels, puede salir. No vuelva nunca.
Eckels no se movió.
-¿No me ha oído? -dijo Travis-. ¿Qué mira?
Eckels olía el aire, y había algo en el aire, una sustancia química tan sutil, tan leve, que sólo el débil grito de sus sentidos subliminales le advertía que estaba allí. Los colores blanco, gris, azul, anaranjado, de las paredes, del mobiliario, del cielo más allá de la ventana, eran... eran... Y había una sensación. Se estremeció. Le temblaron las manos. Se quedó oliendo aquel elemento raro con todos los poros del cuerpo. En alguna parte alguien debía de estar tocando uno de esos silbatos que sólo pueden oír los perros. Su cuerpo respondió con un grito silencioso. Más allá de este cuarto, más allá de esta pared, más allá de este hombre que no era exactamente el mismo hombre detrás del mismo escritorio..., se extendía todo un mundo de calles y gente. Qué suerte de mundo era ahora, no se podía saber. Podía sentirlos cómo se movían, más allá de los muros, casi, como piezas de ajedrez que arrastraban un viento seco...
Pero había algo más inmediato. El anuncio pintado en la pared de la oficina, el mismo anuncio que había leído aquel mismo día al entrar allí por vez primera.
De algún modo el anuncio había cambiado.
SEFARI EN EL TIEMPO. S. A. SEFARIS A KUALKUIER AÑO DEL PASADO USTE NOMBRA EL ANIMAL NOSOTROS LO LLEBAMOS AYI. USTE LO MATA.
Eckels sintió que caía en una silla. Tanteó insensatamente el grueso barro de sus botas. Sacó un trozo, temblando.
-No, no puede ser. Algo tan pequeño. No puede ser. ¡No!
Hundida en el barro, brillante, verde, y dorada, y negra, había una mariposa, muy hermosa y muy muerta.
-¡No algo tan pequeño! ¡No una mariposa! -gritó Eckels.
Cayó al suelo una cosa exquisita, una cosa pequeña que podía destruir todos los equilibrios, derribando primero la línea de un pequeño dominó, y luego de un gran dominó, y luego de un gigantesco dominó, a lo largo de los años, a través del tiempo. La mente de Eckels giró sobre si misma. La mariposa no podía cambiar las cosas. Matar una mariposa no podía ser tan importante. ¿Podía?
Tenía el rostro helado. Preguntó, temblándole la boca:
- ¿Quién... quién ganó la elección presidencial ayer?
El hombre detrás del mostrador se rió.
-¿Se burla de mí? Lo sabe muy bien. ¡Deutscher, por supuesto! No ese condenado debilucho de Keith. Tenemos un hombre fuerte ahora, un hombre de agallas. ¡Sí, señor! -El oficial calló-. ¿Qué pasa?
Eckels gimió. Cayó de rodillas. Recogió la mariposa dorada con dedos temblorosos.
-¿No podríamos -se preguntó a sí mismo, le preguntó al mundo, a los oficiales, a la Máquina,- no podríamos llevarla allá, no podríamos hacerla vivir otra vez? ¿No podríamos empezar de nuevo? ¿No podríamos...?
No se movió. Con los ojos cerrados, esperó estremeciéndose. Oyó que Travis gritaba; oyó que Travis preparaba el rifle, alzaba el seguro, y apuntaba.

El ruido de un trueno.